Don Higinio Tortuga era un hombre reposado de orondas carnes, afable sesentañero encariñado con la vida, con sus hijos, con sus nietos y con el Camino de Santiago.
El bueno de Don Higinio, viudo y jubilata, "invertía" sus ahorrillos y el parné de la pensión en hacer tramos del Camino, siempre y cuando alguna de sus nueras no le requiriese para cuidar de alguno de sus nietos.
Don Higinio el peregrino se las sabía todas: escaso peso en la mochila, atención meticulosa a los pies, tiempo bonancible de primavera u otoño y talante de andarín sin prisas con espíritu jacobeo a tope.
Graciano Liebre era un joven de esos llamados "de gimnasio". Su culto al "body", impregnado del afán obsesivo por mostrarse hercúleo y megacachas ante la basca voyeurista de playas y piscinas, con preferencia del género femenino más parishiltoniano, le hacía competir en todo tipo de deportes, brillando como un pavo real ante la concurrencia del zoológico.
Ahora, enterado de que el Camino de Santiago podría ser una excelente oportunidad para probar sus dotes de corricolari, aquí estaba, dispuesto a demostrar su supremacía ante los cansinos caminantes.
Mochila cara con treinta y pico kilos de carga superflua, zapatillas deportivas de marca, podómetro, cronómetro, gps, reloj acuático, esprimidora eléctrica... Y, para ser el primer día, se había propuesto hacer cuarenta kilómetros como quien no quiere la cosa. ¡Se iban a enterar esos tontolabas de peregrinos de quién era el gran Liebre!
El señor Tortuga vio acercarse a aquella moto humana mientras buscaba acomodo a la orilla del camino para despachar un trozito de queso y darle un buen tiento al vinillo de la bota. En su larga andadura de peregrino había conocido a muchos capullos voladores como aquel. Reparó con una sonrisa condescendiente en la abultada mochila que sobresalía como el volquete de un camión sobre la cabeza tractora. La cabeza de chorlito estaba casi cubierta por unas gafas de ultimísima generación aerodinámica y una gorra con la publicidad del gimnasio. "Otro que va a cascar, ya lo estoy viendo venir", díjose para sus adentros el venerable Tortuga elevando el gaznate para facilitar al chorrillo de vino el camino hacia la cocina del estómago, y mirando de reojo al bólido descerebrado que ya se aproximaba.
"¡Buenos días, abuelo!... ¡Qué, está muy cansado, ¿verdad?!... No me paro porque tengo que hacer veinte kilómetros todavía; ya hecho otros veinte, ¿sabe?... Uy, he adelantado a un montón de gente; me da a mi que no vienen muy preparados. Es que yo entreno mucho en el gimnasio, ¿sabe?... ¡Jo, lleva usted un bastoncito!... Eso está bien. Usted despacito, despacito..., que a su edad no hay que hacer tonterías"
Y dicho lo dicho, desapareció el intrépido Liebre. Al viejo peregrino no le dio tiempo ni de decirle "Buen Camino". Le pegó otro viaje a la ZZZ, se aplicó un poco de crema antiinflamatoria en las pantorrillas, alzó el culo de la piedra de superficie lisa en donde lo había puesto a reposar y recogió el bordón que descansaba sobre el tronco del árbol, el mismo que le había obsequiado con su sombra. "¡Hale hop!, ¡vamos allá!..." Autoinfundiéndose ánimos retomó el camino polvoriento, ¡el Camino!, ¡el Camino de caminos!... Un pensamiento más humano rondó por su magín: "El bastoncito... ¡será gilipollas!"
Don Higinio, después de ducharse y lavar calmosamente la ropa interior, salió a tomar el fresco a la puerta del albergue. Durante el día el Sol había estado especialmente ofensivo, cuarenta grados insoportables, y ahora, en el momento del relax peregrino, se agradecía este fresquete de la tarde. El Camino también enseña a agradecer.
Uniósele su viejo amigo Luciano el hospitalero, que llevaba el tampón de sellar en una mano y una cerveza en la otra.
- Así, si viene alguno, no me levanto. Oye, ¿viste la ambulancia?
- Sí, sí que la vi. Por esa zona lo tienen muy jodido los vehículos, hay un camino de rodadas hasta el final del encinar, pero luego todo es sendero y pedruscos gordos.
- Ya, por eso ha tardado tanto.
- ¿Qué ha sido esta vez?
- Pues esta vez ha sido una tendinitis y una insolación del copón. Le han encontrado medio quemado al sol y sin poder levantarse del suelo, como una ballena encallada. No tenía fuerzas ni para quitarse la mochila.
- Pues yo tuve un encuentro con él, ¿y sabes lo que pensé?: ¡otro que va a cascar!
- Un gilipollas más. ¡Joder, ¿porqué se toman el Camino como una competición?!; ¿Es que nadie les dice que el Camino de Santiago hay que saborearlo paso a paso, trago a trago, sueño a sueño...?
- Posiblemente lo oyen pero no lo asimilan.
- Debe ser eso. ¿Quieres una birra, Higinio?
- ¡Venga el isotónico!
Tags: del foro peregrino