
El castillo hace muchos siglos estaba habitado por un poderoso y devoto señor, padre de dos bellísimas doncellas. El castellano había tomado por costumbre alojar en el castillo a los nobles que pasaban por allí siguiendo el camino peregrino, a los que agasajaba para hacerles más llevadero lo que les quedaba de ruta para alcanzar Compostela. Y en una ocasión, recogió, casi moribundo, a un aristocrático caballero francés que había enfermado en las últimas etapas y se encontraba muy grave
Las dos hijas del señor del castillo se entregaron a los cuidados del enfermo, que era joven y apuesto, y las dos se sintieron muy pronto prendadas de su porte y de su nobleza, aunque ninguna de ellas, conocedora cada una de los sentimientos de su hermana, quiso insinuarse al enfermo
Cuando el caballero entró en la fase de convalecencia de su enfermedad, se fijó especialmente en una de las muchachas, mientras la otra se retiraba prudentemente para dejar el campo libre a su hermana. Así surgió el amor entre ambos y, antes de dejar el castillo, el caballero pidió su mano al padre, que se la concedió gustoso. Las bodas se celebraron en la catedral de Compostela, y ya marido y mujer, ambos regresaron a Francia para instalarse en las posesiones del noble señor.
La otra hermana quedo sola, pero nunca perdió la esperanza de que su amor apareciera algún día siguiendo la senda de los peregrinos. Pasaba el tiempo sin moverse de la torre que había tomado como vigía de su esperanza, transcurrido el tiempo, un día la encontraron muerta y fría, con la mirada clavada en el horizonte caminero